Hace un número indeterminado de años, me encontré trabajando en una librería en la que todos mis compañeros libreros creían que la ciencia ficción es sinónimo de literatura juvenil, no distinguían ciencia ficción de fantasía, y tenían una creencia colectiva sobre que a lo que ellos se refieren como «narrativa» es un género superior.
En esta misma librería, una de mis compañeras estuvo un día explicándome lo que entiende por thriller vs novela negra vs novela policiaca, que resulta que no son la misma cosa, aunque se pueden combinar a veces.
Todo este pensar en géneros y, sobre todo, la profunda ira que despertó en mí lo que he puesto en negrita en el primer párrafo, me inspiró a escribir esta publicación[✩].
Esto no va a ser una guía exhaustiva de todos los géneros y subgéneros literarios que existen, sino algo más general y un poquito histórico. Sin más pretensión que intentar que la gente deje de mirar por encima del hombro a la ciencia ficción. Gracias de antemano.

Hay momentos en la vida en los que ser filóloga es útil y este es uno de ellos. Quiero dar las gracias a mis profesores de «Teoría de la literatura» por la mayor parte de esta info, así como a la May del pasado por los buenísimos apuntes que cogió. Con eso y todo, sobra decir que me puedo equivocar, así que no dudéis en consultar con Google lo que no os cuadre y venir a insultarme después si efectivamente me he equivocado[❀].
De dónde vienen los géneros
Los géneros literarios, igual que la literatura en sí misma, están presentes desde mucho antes de lo que entendemos ahora por «libro» o «novela». Los géneros literarios nacieron como resultado de la tradición oral, miles de años antes de la escritura.
Antes de tener librerías con una estantería especial para los «libros más recomendados en Tiktok», cuando toda la literatura eran audiolibros en directo, la gente ya sentía la necesidad de clasificar las historias.
Empezaron distinguiéndose tres formas literarias: la poesía, la narración y el drama/teatro. Y así se mantuvieron a lo largo del tiempo, aunque con diferentes nomenclaturas y formas de definirlas.
Aristóteles era tan snob como los libreros que inspiraron este artículo
Los griegos no solo clasificaron los géneros, sino que los jerarquizaron: las obras que imitan acciones de rango más alto se consideran mejores que las que imitan acciones de rango inferior. Alta mímesis vs baja mímesis.
De manera que la tragedia se considera arte elevado porque tiene héroes nobles y temas súper serios. Y la comedia se relaciona a lo cotidiano, con acciones vulgares realizadas por personajes inferiores. Por su parte, lo fantástico y lo monstruoso se tolera solamente si sirve a la verosimilitud de los mitos.
Esta clasificación no la inventa Aristóteles, ya existía en la cultura griega. Pero Aristóteles es quien la transmite y la formaliza. Y este sesgo conceptual se queda grabado en la tradición occidental.
Gafapastas medievales
Los romanos reforzaron y endurecieron esta clasificación, dando a cada género reglas y niveles de prestigio. De modo que, en la Edad Media, lo religioso y heroico era arte alto, y lo grotesco, monstruoso o popular era arte bajo. La fantasía medieval, con sus hadas, gigantes, magia, etc. se veía como entretenimiento y siempre quedó fuera del canon serio.
Más adelante, el Renacimiento trajo consigo el dogma del decoro, que obliga a cada género a tratar temas «adecuados». Seguimos con lo serio contra lo ridículo, respetando la tragedia y no la comedia, ni las cosas que no son cristianas. Lo fantástico y el terror son vistos como excesos de la imaginación impropios del buen gusto. Estos son los prejuicios estéticos que siguen vivos a día de hoy.
A pesar de que durante el Romanticismo la novela gótica, junto a lo sublime y sobrenatural tuvieron un gran auge, cuando la literatura se institucionaliza en el siglo XIX (con universidades, crítica y prensa), la novela fantástica, de aventuras, de terror o la ciencia ficción queda fuera del canon, que se centra en realismo, naturalismo y novela psicológica. La fantasía y todas sus variantes se consideran géneros que no muestran la realidad de forma profunda, un eco claro de Aristóteles.
Desde Grecia hasta Los Angeles
En el siglo XX, Hollywood heredó todo este prejuicio. Cuando nace el cine, el drama y las adaptaciones literarias realistas se consideran prestigiosas, mientras que el terror y lo fantástico queda relegado como entretenimiento popular.
Esto es algo terriblemente evidente en los premios Oscar cada maldito año. Si no fuera así, Toni Collette se habría llevado el Oscar a mejor actriz por su papel en Hereditary (2018) y lo sabemos todos.
O dicho de una forma más objetiva: de los 96 años de Oscars que llevamos, solo 6 pelis de terror han sido nominadas a mejor película y solamente una (El silencio de los corderos, 1999) lo ganó[✷]. Esta es la herencia directa del binomio tragedia (arte alto) – comedia (arte bajo).
Además, en el caso del cine, esto significa que si quieres hacer algo que no sean dramitas[☸︎], te encuentras con presupuestos bajos, menor reconocimiento crítico, y a los premios marginando la fantasía, el terror y la ciencia ficción (no solo los Oscars). Todo esto refuerza la idea de que son géneros «menores», «infantiles» o de nicho.
Es en el siglo XX cuando la crítica literaria acuña el término «literatura de género» para referirse a todo lo que no es digno de Oscar: terror, fantasía, ciencia ficción, romántica e incluso policíaca. En contraste con la «ficción literaria», que hereda el prestigio del drama y el realismo. Retomando así la división aristotélica entre lo noble y lo vulgar.
Ese «de género» se percibe como repetitivo, formulaico, escapista, menos profundo y menos serio. Exactamente igual que la comedia en Grecia.
¿Tan fans de aristóteles son los libreros?
Lo dudo, pero está claro que las jerarquías estéticas son extremadamente longevas y que hay gente a la que le gusta mirar por encima del hombro.
La idea original de la Alta Mímesis y qué merece prestigio sigue vigente: el drama histórico, el cine basado en hechos reales, las biografías, la tragedia contemporánea o el cine de autor centrado en conflictos existenciales viven por encima de ese hombro cargado de esnobismo. Desde ahí observan la Baja Mímesis, el desprestigio del terror, la comedia, la fantasía. la ciencia ficción, y demás géneros como el western, el romance o el musical.
Aún así, está claro que estamos viviendo un cambio de todas estas percepciones por fin. Ahora tenemos terror prestigioso (con directores como Ari Aster, Robert Eggers o Jordan Peele)[⟫], literatura fantástica que por fin se está tomando en serio, ciencia ficción premiada como gran literatura y estudios académicos de géneros antes marginados.
Pero todo esto lucha contra un lastre de más de dos mil años de prejuicios y se ve que todavía no les ha llegado el memo a algunos vendedores de libros.
En resumen
La división del canon griego entre «lo noble» (la tragedia) y «lo bajo» (la comedia, lo grotesco, lo monstruoso) establece un patrón jerárquico que Occidente nunca ha abandonado del todo.
Este patrón asigna prestigio a lo «serio» y realista, mientras deja de lado lo fantástico, sobrenatural o exagerado. Considera menor todo lo que tiene que ver con el cuerpo, el miedo, el humor o la imaginación. Por eso hasta día de hoy, el terror, la ciencia ficción y la fantasía llevan esa etiqueta despectiva de «de género».

Entonces ¿Es lo mismo ciencia ficción que literatura juvenil?
Si no hubiera visto lo que he visto y oído lo que he oído, creería que esta es una pregunta absurda cuya respuesta nadie necesita, pero aquí estamos.
¿Son intercambiables «ciencia ficción» y «juvenil»? No, no son lo mismo. Ni toda la literatura juvenil es ciencia ficción, ni toda la ciencia ficción está enfocada a gente joven.
Cuando hablamos de literatura juvenil, estamos refiriéndonos a la edad recomendada para leer un libro. Las obras juveniles están dirigidas a lectores adolescentes, no por su complejidad, sino por los temas que tratan, el tono o el tipo de protagonistas.
No por ser más simples, sino por los temas que tratan normalmente. A menudo son sobre conflictos de transición: identidad, amistad, independencia, relaciones, etc. Y suelen tener protagonistas adolescentes[❆], lenguaje accesible y un ritmo más animado.
También tenemos literatura infantil, que normalmente trae entre paréntesis los años que los editores creen que debería tener la criatura para disfrutar de esa lectura en concreto. Y luego está la literatura adulta, sin límite de edad.
Así que «juvenil» no es un género literario, sino un marco comercial que ayuda a las librerías, a los docentes y a la gente en general a orientar las lecturas. Es una herramienta de mercado que de ninguna forma determina la calidad de un libro.

Ya que estamos, merece la pena mencionar que la edad recomendada para un libro tampoco es tan importante. A nivel de vocabulario y complejidad sintáctica es razonable que las niñas lean obras pensadas para su nivel de desarrollo, pero en la práctica esto no siempre se cumple de manera estricta, ni es necesario que lo haga.
Y, de todas formas, una vez eres adulto, la clasificación por edades pierde el sentido: puedes leer lo que te dé la gana, incluyendo literatura infantil y juvenil, sin que ello implique una falta de «madurez lectora».
Por ejemplo, hace poco hablé de esta novelita de terror infantil que da un miedo que da gusto, tengas la edad que tengas. Lo mismo ocurre con los adultos que prefieren la literatura juvenil por su ritmo, su intensidad emocional o su claridad temática: es una elección tan válida como cualquier otra, que demuestra que esas divisiones por edad que marcan las editoriales no son límites reales de la experiencia literaria.
¿Es lo mismo ciencia ficción que fantasía?
Cuando hablamos de «ciencia ficción» o «fantasía», sí nos estamos refiriendo a géneros, es decir, a categorías culturales que agrupan obras según ciertos rasgos temáticos o de forma.
Los géneros no son estancos ni se rigen por leyes universales. Son convenciones históricas que van cambiando con el tiempo y que nos ayudan a orientarnos como lectores, pero que no definen la calidad ni el alcance de una obra.
La división entre ciencia ficción y fantasía es útil a veces, aunque a menudo se difumina. Pero en términos generales, la ciencia ficción imagina mundos especulativos en los que lo extraordinario se explica mediante lógica científica, tecnológica o sociológica; mientras que la fantasía introduce elementos mágicos o sobrenaturales que no aspiran a una explicación racional.
O como explicaba un post de Tumblr cuyo autor desconozco, que encontré un día reposteado en Instagram: ciencia ficción consiste en incluir espadas láser porque la autora cree que podrían existir en el mundo en el que vivimos, y fantasía es incluir espadas láser porque la autora cree que son imposibles en el mundo en el que vivimos.

De manera que sí, podemos encontrar ciencia ficción juvenil, como Los juegos del hambre de Suzanne Collins, que combina crítica social contemporánea con un mundo futurista distópico pensado para lectores jóvenes.
Y también podemos encontrar fantasía juvenil, como la saga de Terramar de Ursula K. Le Guin, que aborda temas de identidad, poder y responsabilidad desde una perspectiva accesible pero profundamente filosófica.
Pero, por supuesto, la mayoría de la ciencia ficción publicada es adulta. Esto es en parte porque el género ha servido históricamente como laboratorio de ideas políticas, científicas y filosóficas. Entre los millones de ejemplos destacan Dune de Frank Herbert, Neuromante de William Gibson, El problema de los tres cuerpos de Cixin Liu, Herederos del tiempo de Adrian Tchaikovsky o La mano izquierda de la oscuridad, también de Le Guin, que exploran ecología, ciberpolítica, el choque entre civilizaciones, la evolución biológica y cultural de la humanidad y estructuras de poder.
De la misma forma, hay mucha fantasía adulta igual de amplia y diversa: desde el mundo liderado por la ambigüedad moral de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, hasta la fantasía literaria y metafísica de El libro de la nueva luz de Gene Wolfe, o la fantasía oscura de autoras como N. K. Jemisin.
En todos estos casos, la clasificación por géneros y edades sirve para orientar, pero nunca para limitar el análisis ni la ambición estética de las obras.
¿Es la narrativa un género superior?
Me hace mucha gracia esta cuestión porque, en realidad, «narrativa» ni siquiera es un género. «Narrativa» es un modo de contar, un tipo de discurso que usa un narrador. Así que básicamente todas las novelas son narrativa, igual que lo son muchos ensayos. Este término no describe un contenido, sino una forma.
Creo que esta buena gente que habla de «narrativa» como si fuera un género prestigioso, usa este término como abreviatura de «ficción literaria» o, en el contexto español, de novela realista contemporánea. Y ahí volvemos otra vez a esa jerarquía aristotélica que considera que lo realista es más serio, más profundo o más «adulto» que lo especulativo.
Cuando hice la entrevista de trabajo para la librería que ha derivado en este ensayo vengativo, el que estaba a punto de convertirse en mi jefe me pidió que le hablase de libros que viera a mi alrededor y, cuando lo hice, especificó que le hablase más de la dichosa «narrativa», para lo cual me llevó a una balda en la que se encontraban las obras de George Orwell. Sí, el autor de 1984, una de las novelas de ciencia ficción social más importantes de la historia.

El problema es que esta idea sobre la ficción literaria como algo superior no se sostiene a nivel histórico. La llamada «literatura de género» ha abordado temas complejos desde sus orígenes. Y lo ha hecho con tanta o más ambición formal que la ficción realista.
Por falta de ejemplos que no sea. Además de los mencionados más arriba, tenemos Frankenstein de Mary Shelley, que reflexiona sobre la responsabilidad ética de la ciencia; Solaris de Stanisław Lem, que cuestiona los límites del conocimiento humano; El cuento de la criada de Margaret Atwood, que examina las estructuras del patriarcado; Los desposeídos de Ursula K. Le Guin (mencionada por tercera vez porque era la puta ama), que habla de modelos económicos y utopías.
Y por añadir un título fuera de lo fantástico, el terror de El resplandor de Stephen King o Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist, que hablan de trauma y desigualdad mediante símbolos que el realismo no podría expresar con la misma fuerza.
En definitiva, la narrativa no es un género superior porque ni siquiera es un género, y porque la profundidad literaria no depende de su grado de realismo, sino de lo que una obra es capaz de cuestionar, conmover y dar que pensar, sin importar el registro.
Qué son los géneros y por qué en realidad da igual, pero está bien saberlo
Al final, todo este recorrido desde Aristóteles hasta la manera en que hoy algunas personas presumen de «leer mejor» que otras, deja claro que las jerarquías culturales son históricas, no naturales.
Aristóteles no decidió que la tragedia fuera superior porque fuera objetivamente mejor, sino que describió la sensibilidad estética de su época. Por desgracia, esa clasificación transmitida durante siglos por universidades y cánones, dejó una inercia difícil de borrar.
Sigue vigente cada vez que alguien afirma (aunque sea para sus adentros) que leer a cierta autora «literaria» es un signo mayor de sofisticación que leer a una autora de terror, fantasía o ciencia ficción. Como si los mundos imaginarios fuesen un escapismo menor y no el vehículo perfecto para pensar en poder, opresión, género, trauma, violencia o tecnología con una libertad que el realismo no suele permitir.
El problema es que esa actitud elitista ignora algo esencial: las obras que pertenecen a esa supuesta «cultura baja» llevan siglos tratando temas complejos con profundidad. El terror usa metáforas corporales y sociales demasiado incómodas para el drama convencional. La fantasía desglosa sistemas políticos y éticos que permiten cuestionar las estructuras de nuestro alrededor. La ciencia ficción imagina futuros que nos permiten criticar el presente. Y todo esto responde a la misma humanidad que movía la tragedia griega: la búsqueda de formas de entendernos a nosotros mismos.

Los géneros son herramientas que se pueden usar para clasificar y orientarse, pero no sirven para dictar el valor de una obra. Conocerlos ayuda a entender la historia literaria, las convenciones que hemos heredado y esas tensiones que arrastramos desde la antigua Grecia.
Pero aferrarse a ellos como si fueran etiquetas de prestigio no tiene ningún sentido. A nivel estético, ético e intelectual, lo que importa no es si una obra es realista, «de género» o juvenil, sino la forma en la que retrata el mundo, las preguntas que deja y la experiencia que le da al lector.
Los géneros son irrelevantes a la hora de la verdad. Y si alguien cree que su valor como lector aumenta por leer una cosa en vez de otra, no está demostrando tener criterio. Lo único que demuestra es que sigue atrapado, probablemente sin saberlo, en una jerarquía inventada hace más de dos mil años.
Y, de cualquier manera, leer por escapismo o leer libros que no tienen trasfondo es igual de válido si eso es lo que buscas y te hace feliz.

[✩] Aunque haya tardado un número indeterminado de años en escribirla.
[❀] No hace falta que me insultes, pero sí que agradecería que me avisases de cualquier posible error, porque así todos podemos aprender y mejorar.
[✷] Si quieres saber más sobre las únicas 21 películas de terror que han estado nominadas en los Oscar, puedes leer este artículo (está en inglés).
[☸︎] En la última década también películas de superhéroes, pero ese es otro tema.
[❆] Muchas veces, que la protagonista sea adolescente es el único criterio para que una novela se considere «juvenil». Pero también pasa a menudo que, si el libro lo ha escrito una mujer se cataloga como juvenil y si lo ha escrito un hombre, no. La saga de Nacidos de la bruma de Brandon Sanderson es un claro ejemplo de esto.
[⟫] Sobre el terror «prestigioso» también tengo cosas que decir y planeo escribir algo bajo el título «El terror elevado no existe» para ello. Si no quieres perdértelo, suscríbete a mi lista de correo para recibir un email mensual con el resumen de las últimas publicaciones. 💌
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